Monday, 19 April 2004
La desnudez perdió el silencio y las palabras perdieron aquella desnudez originaria que las hacía caminar sobre agua. Los sonidos se secaron en un mar de soledad. Así fue que cada ser humano se tornó en su propio fantasma. Esqueléticas sombras deambulando errantes, arrastrando su baúl de vicisitudes, pensamientos y lágrimas hacia una fosa común. El epitafio leerá: “La humanidad ha sido inoculada y despoetizada”. Mas no podría ser de otra manera. La funcionalidad de esta sociedad establece como criterio organizador de la misma la supervivencia del más fuerte, una suerte de darwinismo social que comienza con la manipulación de la historia que narra el proceso de colonización de este país, sus primerísimas y pioneras colonias. A partir de aquí, operó, se manufacturó que diría Chomsky, el primer consenso colectivo que se ha mantenido hasta la actualidad mediante el uso de distintas estratagemas.
En este contexto, la disidencia se convierte en un acto de traición, a no ser que dicha disidencia sirva de válvula de escape para los distintos conflictos que subyacen y asedian a un pueblo cuyo imaginario colectivo lo ha mantenido en la pubertad de su desarrollo sociohistórico, incapaz y renuente de asumir la heterogeneidad de su sociedad actual. Por definición, esta última disidencia carece de riqueza expresiva o de contenido ético, a no ser que admitamos que los principios éticos pueden seguir siendo coherentes y estar al servicio del utilitarismo al mismo tiempo. Carente de dicha coherencia, esta sociedad se sumerge en un mar de signos aceleradísimos que desaparecen del “mercado” antes de que el público haya tenido tiempo de leer la etiqueta y contar las calorías del nuevo ideario. Eso sí, se discuta lo que se discuta, cualquier propuesta ha de ser baja en calorías y funcional.
Así, en EEUU toda proposición de cambio tiene como armazón contextual la decorativa fachada efervescente de lo que se constituye para la gratificación instantánea. A veces, muy de tarde en tarde y siempre desde su funcionalismo, llega a trazarse como propósito ulterior el invertir el carácter desigual de las condiciones materiales, no se sabe si por la falta de estética de la pobreza, o por una absurda conciencia colectiva que tras la filosofía existencial es lo más ‘antiamericano’ que existe.
No obstante, una fachada nunca puede ser armazón. Este edificio cultural en ruinas –según el rápido examen del pensamiento “crítico y comprometido” del nostálgico “intelectual” europeo- tiene la ventaja de ser prefabricado y barato, y de rechazar las complejas formulaciones pluralistas e igualitarias que tanto han complicado la historia. Desde que oficialmente se decretó el final de la historia y las ideologías (Fukuyama, 1992), yo personalmente duermo a pierna suelta. De vez en cuando me invade un malestar –rápidamente aliviado por una buena dosis de la edificante industria del entretenimiento – sobre cómo es posible que hayamos permanecido impasibles ante el adoctrinamiento ideológico, cultural y económico más importante del siglo. Mientras la sombra de la utopía se cernía sobre el pensamiento de la izquierda era posible creer en la justicia, la igualdad y los derechos humanos. Aquella arcaica, ahora ya casi añeja, interiorización en espíritu del marxismo no puede entenderse como la plasmación de un proyecto político radical, sino como una ventana al altruismo. La desaparición del carácter simbólico de aquellas manifestaciones ideológicas de antaño nos ha dejado con un hombre alienado cuyo futuro, no es más que una repetición del presente, un continuum de presentes ad infinitum que no sabe prometer.
Francis Fukuyama. The End of History and the Last Man. London: Hamish Hamilton, 1992.
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