Monday, 19 April 2004
La futilidad del sueño americano produce una fatiga que invita a dormir. Quizás sólo sea un sueño profundo, inabarcable. Ese lago gris, que a menudo incita al suicidio, encierra una ancestral belleza que nada tiene que ver con el cuidado desorden de las ciudades europeas. La vida aquí se deshace a diario. Todo gira en torno a sí mismo, mientras el centro, exhausto de su propia corriente centrífuga, se pierde al borde de la desesperación, desesperación de fin de milenio. El vacío lo abarca todo. El absurdo se despliega a diario a su alrededor. Así, el hombre se ve sometido a la turbulencia creativa y a la fascinación del mensaje inequívocamente equívoco. Fuera, está el gris. Con el tiempo, uno empieza a nutrirse de su belleza y la creación surge de un gesto inocente.
El caminante no hace camino al andar. Todo brilla. La autopista, los rascacielos, mis zapatos. Deja de tener sentido hablar del polvo del camino. Al echar la vista atrás, no quedan huellas ni impronta. Sólo queda la monumentalidad de un suspiro - siempre quizás último- que se deshace en el aire o en un charco, con la levedad de un susurro. Su eco se pierde en ese callejón mojado, callejón de cualquier ciudad, rincón de cualquier alma. En su anonimato yace su inmanencia. Finalmente, a las tres de la mañana - siempre a las tres de la mañana de un hombre sin reloj- el hondo goteo de esa tubería oxidada, que son nuestros viejos espíritus jóvenes, cautiva al vagabundo y al empresario. Se abrazan. En un abrazo inaudito e irrepetible, mas allá de mi ventana, en la lejanía, la cultura de nuestro tiempo se reconstituye antes de salir el sol. Empiezo a caminar de vuelta a casa. Hace horas que debería estar durmiendo y sin embargo… Cada noche es más noctámbula que la anterior. Huele mal, muy mal. Un infinito trazo de intemporabilidad se esfuma entre los pasos del soñador cansado, derrotado. ¿Pasos hacia dónde? ¡Siempre suspirando! ¡Qué mal vas a acabar que diría mi abuela! Aquí y ahora dejo de ser. ¡La mistificación suprema de la voluntad! Uno tiene que morirse de vez en cuando creyendo en sus momentáneas idioteces.
Llego a mi casa, giro la desgastada llave y abro la puerta. Esta noche se le ha olvidado chirriar. Me echo en la cama aún vestido. Sólo puedo pensar en una cosa mientras miro el techo. Ese niño. Aquel hombre. La soledad se viste de metal cada vez que un hombre intenta reconocerse en los ojos de un niño. Entonces, el reflejo fugaz de su cívica y educada violencia subterránea se ve acosado por la primera y última verdad cristalina. ¿Será que Dios cree en la reencarnación?
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